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viernes, 11 de noviembre de 2011

Encuentros literarios


 
Miedo

Bernabé Brandsen
tenía miedo de ahogarse.
Por eso nunca nadaba
no remaba
ni se bañaba.
Lo único que hacía
de noche y de día
era quedarse sentado
con la puerta bien cerrada,
temblando como una hoja, con las ventanas tapiadas
por si venía una ola.
Y tanto lloró
que el cuarto se inundó
y se ahogó.

Shel Silverstein 
(1996) 17 de miedo. Buenos Aires: Sudamericana.

jueves, 28 de julio de 2011

Encuentros literarios

Desde Adentro

A veces siento que soy otro juguete rabioso,
de los tantos cientos que deambulan por ahí,
buscando, incansablemente buscando
la forma más propicia de subsistir sin adaptarse.

Otras tantas siento que el camino es posible,
creyendo ciegamente que sólo basta con proponérselo
pero la letal puñalada llega certeramente
marcando los hitos de la propia frontera.

De vez en cuando cierro los ojos y aspiro
llenando mis pupilas de proyectos alternativos,
hurgando en el espíritu fórmulas viables
y continúo tratando de zafar de las transas.

En algunas ocasiones me refugio en la soledad
movido por los latidos del individualismo,
pero siempre recurro a los sentimientos
exitosa salida en el compartir de a dos.

Escapo de las falacias que nos dejan las percepciones
soy sordo a los elogios adúlteros,
mudo ante los consejos sabiondos
y ciego a la esplendorosidad de los espejos.

Degusto profundamente el pasar de los minutos,
y, aunque permito que la melancolía me acaricie,
persisto en el afán de la salida diferente
harto de preguntarme por los teoremas irresueltos.

Es, entonces, sólo cuestión de mirada
y así redescubro lo que tantas veces,
cuando me encuentro enamorado por el idealismo
creyendo que algún cambio es posible.

Incubito

martes, 8 de marzo de 2011

Encuentros literarios




Ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.


                      Alejandra Pizarnik
 de Árbol de Diana

viernes, 25 de febrero de 2011

Encuentros literarios

La Visita


Llamo a la puerta.
- Quién es, pregunto.
- Yo, contesto.
- Adelante, digo.
Yo entro.
Me veo al que fui hace tiempo.
Me espera el que soy ahora.
No se cuál de los dos está más viejo.



Jorge Enrique Adoum
Ni están todos los que son
(Antología personal de 50 años de poesía. Quito, Ecuador, 1999)

viernes, 4 de febrero de 2011

Encuentros literarios

Hey tu

Hey tu.
Allí afuera en el frío,
quedántote solo, poniéndote viejo,
¿puedes sentirme?

Hey tu.
Parado en el pasillo
con la picazón en tu pie y una sonrisa que se decolora,
¿puedes sentirme?

Hey tu.
No les ayudes a enterrar la luz,
no te des por vencido sin luchar.

Hey tu.
Allí afuera solo, sentado desnudo ante el teléfono,
¿me tocarías?

Hey tu.
Con tu oído contra la pared
esperando a alquien a quien llamar,
¿me tocarías?

Hey tu.
¿Me ayudarías a cargar la piedra?
Abre tu corazón, estoy llegando a casa.

Pero era sólo una fantasia,
la pared es demasiado alta, como puedes ver.
No importa cómo él intentó, no podría romperse libremente
y los gusanos se comieron su cerebro.

Hey tu.
Allí afuera en el camino
haciendo siempre lo que te dicen,
¿puedes ayudarme?

Hey tu.
Allí afuera más allá de la pared
rompiendo botellas en el pasillo,
¿puedes ayudarme?

Hey tu.
No me digas que no hay nada de esperanza
Juntos de pie, divididos nos caemos*


* Proclama del sindicalismo inglés


Roger Waters
Hey you -The Wall- 1979

jueves, 16 de septiembre de 2010

Encuentros literarios

A propósito de hacer terapia

Canto Nupcial (título provisorio)


Me he casado
me he casado conmigo
me he dado el sí
un sí que tardó años en llegar
años de sufrimientos indecibles
de llorar con la lluvia
de encerrarme en la pieza
porque yo -el gran amor de mi existencia-


no me llamaba

no me escribía
no me visitaba
y a veces
cuando juntaba yo el coraje de llamarme
para decirme: hola ¿estoy bien?
yo me hacía negar.



Llegué incluso a escribirme en una lista de clavos
a los que no quería conectarme
porque daban la lata
porque me perseguían
porque me acorralaban
porque me reventaban.

Al final ni disimulaba yo
cuando yo me requería.

Me daba a entender
finamente
que me tenía podrida.

Y una vez dejé de llamarme
y dejé de llamarme
y pasó tanto tiempo que me extrañé
entonces dije
¿cuánto hace que no me llamo?
añares
debe de hacer añares
y me llamé y atendí yo y no podía creerlo
porque aunque parezca mentira
no había cicatrizado
solo me había ido en sangre
entonces me dije: hola ¿soy yo?
soy yo, me dije, y añadí:
hace muchísimo que no sabemos nada
yo de mí ni mí de yo
¿quiero venir a casa?

Sí, dije yo
y volvimos a encontrarnos
con paz.

Yo me sentía bien junto conmigo
igual que yo
que me sentía bien junto conmigo
y así
de un día para el otro
me casé y me casé
y estoy junto
y ni la muerte puede separarme.


Susana Thénon
Ova Completa
1987 

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Encuentros literarios

Fragmento del discurso pronunciado por José Saramago al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1998

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir.

A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y su mujer.

Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de nuestra aldea de Azinhaga, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Meirinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro.

En invierno, cuando el frío apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a la cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos vie-jos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.

Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto ajeno a la casa y corté leña para la lumbre; muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del po comunitario y la transporté al hombro; muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: “José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera”.

Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.

Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo tiempo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, cuidadosamente, introducía en el relato: “después?”. Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizás para no olvidarlas, quizás para enriquecerlas con peripecias nuevas.

En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.
Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se habla ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.
Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño, ella siempre me tranquilizaba: “No hagas caso, en sueños no hay firmeza”. Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento cor dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.

Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: “El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir”. No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.